Ante la ola del actual relativismo adormecedor, es oportuno recordar que, ya en los primeros siglos de nuestra era, había gentes que se llamaban cristianas y negaban la Divinidad de Jesucristo, Dios verdadero de Dios verdadero (según la categórica formulación del Concilio de Nicea). Con más soberbia que humildad y con más politiqueo que objetividad, no faltaron jerarcas y satélites que, para defender las propias posiciones, se esforzaron en convertir al cristianismo en lo que hoy llamaríamos una “ideología” al ras del suelo; ello llevó a dividir a la Cristiandad en dos corrientes diametralmente opuestas en la interpretación de lo que debiera ser el esencial lazo de unión, echando así en saco roto la oración del mismísimo Jesucristo: “Que todos sean uno como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado” (Jn. 17, 21).
Que no pocos que se llaman cristianos siguen sin tomarse en serio la plena Divinidad de Jesucristo y, en consecuencia, no se diferencian gran cosa de cuantos no pasan de considerar a nuestro Hermano Mayor como un hombre más o menos especial, lo demuestran tantas divisiones más por cuestiones de forma o conveniencia política que por respuesta directa a la propia conciencia; claro que es una desvaída forma de entender el auténtico Cristianismo y que en ello, cabe no poca responsabilidad a teorizantes paniaguados, filósofos e ilustrados (desde los cartesianos hasta los mil y uno voceros del no escandalizar con “viejos misterios”) que, durante los últimos siglos se han ocupado en prolongar la sombra del Arrianismo (una seudo fe cristiana sin Jesucristo, Dios Vivo) sea por inercia intelectual, interés de secta o simple ignorancia de cuál es el meollo de nuestra fe: Coeterno con el Padre y el Espíritu Santo, el Hijo, Dios verdadero de Dios verdadero, se hizo hombre para redimirnos en inigualables muestras de Amor y Libertad; como prueba fehaciente nos dejó la extraordinaria realidad de una vida, en la que, para mostrarnos el Camino, la Verdad y la Vida, todo lo hizo bien hasta, no comprendido por los poderes de la tierra, morir en muerte de Cruz y resucitar como prueba de ser Dios omnipotente y eterno, principio y fin de todas las cosas.
Tal es la irrenunciable verdad del Cristianismo y cristianos son los que la aceptan como artículo de fe y guía de la propia vida para “resucitar con Él”. ¿No es eso lo que nos dejó muy claro San Pablo con palabras elocuentes por sí mismas? “Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también vuestra fe” (I Cor. 15, 14).
El dejar esa verdad en un vergonzante claro-obscuro es una forma de contemporizar con la persistente sombra del viejo arrianismo.
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miércoles, 20 de abril de 2011
domingo, 17 de abril de 2011
Jesús de Nazareth, Hijo de Dios
Hay quien dice que lo bueno que pueda haber en el Cristianismo ya se encuentra en cualquier otra Religión, lo que en modo alguno se ajusta a la Verdad: lo mejor del Cristianismo es que en él, a diferencia de cualquier otra religión, todo gira alrededor de Jesús de Nazareth, Dios hecho hombre.
Siglos antes de honrar a la Humanidad con su presencia, ya se había escrito de Él: “Serán benditas en TI todas las familias de la Tierra” (Gen.12-3). “Belén de Efrata, pequeña para ser contado entre las familias de Judá, de ti saldrá quien señoreará de Israel y se afirmará con la fortaleza de Yahvé... Habrá seguridad porque su prestigio se extenderá hasta los confines de la Tierra” (Miq.5,2) “Brotará una vara del tronco de Jesé y retoñará de sus raíces un vástago sobre el que reposará el espíritu de Yahvé, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor de Yahvé... No juzgará por vista de ojos ni argüirá por lo que oye, sino que juzgará en justicia al pobre y en equidad a los humildes de la Tierra” (Is. 11,1-5). “Porque nos ha nacido un Niño, nos ha sido dado un Hijo, que tiene sobre sus hombros la soberanía y que se llamará maravilloso consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la Paz” (Is. 9-6).
Gracias a su Vida, a su Muerte y a su Resurrección, Jesús de Nazareth proyecta sobre cuanto existe, incluidos todos nosotros, la Personalidad de un Dios que se hizo Hombre, haciéndolo todo bien y demostrando ser Hijo de Dios.
El porqué y para qué nos lo explica así San Pablo (Filipenses 2, 6-11): El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.
¿Existe otra religión que acepte como eje de su fe a un personaje de la talla y evidencia histórica de Jesús de Nazareth, Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero?
Siglos antes de honrar a la Humanidad con su presencia, ya se había escrito de Él: “Serán benditas en TI todas las familias de la Tierra” (Gen.12-3). “Belén de Efrata, pequeña para ser contado entre las familias de Judá, de ti saldrá quien señoreará de Israel y se afirmará con la fortaleza de Yahvé... Habrá seguridad porque su prestigio se extenderá hasta los confines de la Tierra” (Miq.5,2) “Brotará una vara del tronco de Jesé y retoñará de sus raíces un vástago sobre el que reposará el espíritu de Yahvé, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de entendimiento y de temor de Yahvé... No juzgará por vista de ojos ni argüirá por lo que oye, sino que juzgará en justicia al pobre y en equidad a los humildes de la Tierra” (Is. 11,1-5). “Porque nos ha nacido un Niño, nos ha sido dado un Hijo, que tiene sobre sus hombros la soberanía y que se llamará maravilloso consejero, Dios fuerte, Padre sempiterno, Príncipe de la Paz” (Is. 9-6).
Gracias a su Vida, a su Muerte y a su Resurrección, Jesús de Nazareth proyecta sobre cuanto existe, incluidos todos nosotros, la Personalidad de un Dios que se hizo Hombre, haciéndolo todo bien y demostrando ser Hijo de Dios.
El porqué y para qué nos lo explica así San Pablo (Filipenses 2, 6-11): El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.
¿Existe otra religión que acepte como eje de su fe a un personaje de la talla y evidencia histórica de Jesús de Nazareth, Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero?
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