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miércoles, 20 de junio de 2012

LA IGLESIA Y EL BECERRO DE ORO


La Iglesia, como “Esposa de Cristo” (Jn 3,29), cuenta con santos que “viven en el mundo sin ser de este mundo(Jn 17,11-19) y es mantenida por la ayuda y “supervisión” del Espíritu Santo mientras que, como organización, con “los pies en el suelo”, precisa una logística y un mantenimiento no muy diferentes a los de las sociedades puramente terrenas, y, por lo tanto, ha de contar con directivos (incluida la Jerarquía comandada por el Papa), administradores y demás burócratas, todos ellos con su carga de bondades y miserias.
La Historia de la Iglesia evidencia que, pese a los altos y bajos en la moralidad de su burocracia, es mantenida viva, muy viva por su Cuerpo Místico o Comunidad de los buenos cristianos tanto de su Base como de su Jerarquía, fieles a Jesucristo en amor y libertad.
Bajo palabra del mismo Jesucristo (Jn, 14, 15-21), creemos que aun más viva y progresista seguirá la Iglesia hasta el fin de los tiempos a pesar de la multitud de renegados de cualquier esfera social que, con más o menos pasión, optan por adorar al Becerro de Oro, símbolo de desafueros y vicios, para caer en la trampa de lo intrascendente con sus adormideras del dinero fácil, la corrupción del poder y las mil y una formas de degradación. Los buenos cristianos siempre harán de contrapeso.
Por definición, consideramos buenos cristianos a cuantos se aman (nos amamos) unos a otros como Cristo nos ama (Jn. 15,9). Queda claro para ellos (para nosotros) que ese amor ha de ser “paciente, servicial…,  que no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor 13, 4-7).
Es ese amor el que, a la par que abre el camino de la felicidad a las personas de buena voluntad, pone los cimientos a los mejores capítulos de la historia de la Humanidad, no sin superar todas las dificultades que, en sentido contrario, oponen los egoísmos y miserias de una parte de los llamados a ser protagonistas de esa misma historia. Así se explican las luces y las sombras que jalonan la trayectoria histórica de todas las instituciones humanas, incluida la Iglesia Católica, cuya capacidad de convocatoria y de cohesión social, han sabido aprovechar para sus propios fines no pocos reyes y señores de este mundo.
Los reyes y señores de este mundo, recordémoslo, arrastran tras de sí el alienante tufillo del lujo y desenfreno como fuerza que empuja a la adoración del Becerro de Oro (lo que los clásicos han llamado auri sacra fames) y convierte en esclavos incluso a una parte de los llamados a edificar la Ciudad de Dios. De ello la Historia nos da ejemplos tanto más relevantes y numerosos cuanto más el poder de la Iglesia se comprometió con las instituciones de este mundo, llegando con harta frecuencia a confundir religión con política. Así lo han hecho infinidad de líderes políticos y, también, no pocos líderes religiosos: recuérdese a Manes, Arrio, Mahoma… y ¿por qué no? a papas como Inocencio III, Alejandro VI, Julio II….
Conscientes de ese grave peligro, no faltaron ni faltan laicos, sacerdotes, obispos, papas, doctores de la Iglesia…, que, con la ayuda de Dios, trataron y siguen tratando de facilitar el oportuno remedio, siempre bajo la premisa de respetar una libertad que se hace necesaria para el fecundo ejercicio de la responsabilidad en jefes y subordinados. En consecuencia, obligado es reconocer que la Cristiandad ha contado con  grandes líderes religiosos que han sabido mantener en sus justos términos la práctica de todo lo que significa adorar a Dios y el respeto debido al César: clásico ejemplo de ello nos lo dio San Ambrosio cuando, siendo obispo de Milán, con el valor y libertad de los hijos de Dios, recriminó y obligó a hacer pública penitencia por sus crímenes al más poderoso de su época, el emperador Teodosio.
Entre los fervorosos adoradores del Becerro de Oro y los buenos cristianos, que integran a la verdadera Iglesia, no podemos obviar a los tibios, que “dan náuseas” (Ap 3,15-16) en cuanto nunca saben a que carta quedarse y pasan su tiempo en señalar y no decidir, en decir que creen sin acertar a definir en qué…, para, a la postre, convertirse en  el apoyo social de los que, decididamente, todo lo encauzan hacia sí mismos. (Religión en Libertad, 20-6-12)

sábado, 28 de abril de 2012

La inacabada Obra de la Creación


La ocurrencia de que la Obra de la Creación sigue deliberadamente inacabada carece de aval científico; pero no creo que, por ello, tenga que ser colocada detrás de las teorías de reputados estudiosos del Universo, quienes, en el mejor de los casos (Albert Einstein o Stephen Hawking, por ejemplo), no han sobrepasado la primera línea del Libro de la Ciencia: ¿Que el Universo es tan inconmensurable y tan complejo que se extiende hasta más allá de las fronteras del Misterio?  Científicos o no, en eso coincidimos todos o casi todos y, puesto que lo realmente conocido cabe en una brizna de papel, cada uno de nosotros cuenta con todo el campo que quiera para la propia imaginación con más o menos las mismas probabilidades de acertar.
Claro que algunos podemos jugar con ventaja si partimos de la fe en lo dicho por persona de indiscutible autoridad para luego razonar e incluso divagar sobre lo más consecuente: es el posicionamiento del que cree para entender y discurre para creer (“credo ut intelligam, intelligo ut credam”). Tanto mejor si nos afianzamos en la idea de que esa persona de indiscutible autoridad, por ser el mismísimo Hijo de Dios, Dios de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero pasó por la tierra para invitarnos a continuar el proyecto divino (¿porqué no la Creación en su más elevada dimensión?) amándonos unos a otros como Él nos ha amado y nos sigue amando con la inigualable prueba de su vida terrena y su muerte en cruz al ser tratado como el más indigno de los criminales para luego resucitar merced al exclusivo poder divino.
Aceptando que ahí radica el meollo de la fe cristiana, que la razón suprema de todo ello es el Amor y que éste, cuanto mayor es, tanto más exige ser correspondido en libertad, no es nada complicado aceptar que los otros, tú y yo, personas objeto de ese amor, debamos discurrir sobre la mejor manera de corresponder a ese amor: ¿no será una de ellas el aplicarnos al desarrollo de nuestras personales capacidades en beneficio de nuestros semejantes sin esperar a que ellos den el primer paso de mayor acercamiento? ¿habéis reparado en el hecho de que los seres humanos contamos con distintas y yo diría que complementarias capacidades? Hechas estas constataciones ¿está fuera de lugar suponer que la Creación seguirá avanzando a medida de que progrese el verdadero amor entre los seres humanos?                      Publicado en Religionenlibertad.com _ 27-04-12 

viernes, 23 de septiembre de 2011

Realismo cristiano frente al relativismo del siglo XXI.

   Del viaje del Santo Padre, por tercera vez, a su tierra natal se ofrecerán crónicas para todos los gustos: "existe el viaje real, y el viaje que nos contarán los medios", ha advertido muy oportunamente el cardenal Walter Brandmüller.
    En la mañana de ayer, 22-09-2011, llegó el Papa a Berlín, siendo recibido por Christian Wulff. el presidente de la República, Angela Merkel, la canciller federal, y el gabinete ministerial en pleno. Y, por la tarde, según Zenit, “sorprendió hoy a los políticos alemanes reunidos en el Bundestag con la propuesta de lanzar un debate sobre si verdaderamente existe o no un orden moral objetivo en la naturaleza y en el hombre, que pueda considerarse fundamento de las leyes. El Pontífice quiso abrir el debate sobre si existe o no una ley moral natural, concepto aceptado universalmente hasta hace unas décadas, y que hoy, reconoció, “se considera una doctrina católica más bien singular, sobre la que no vale la pena discutir fuera del ámbito católico, de modo que casi nos avergüenza hasta la sola mención del término”.
    El Santo Padre no se ha mordido la lengua para hablar alto y claro sobre la esencia y carácter de ese  Realismo Cristiano que presenta a la Ciudad de Dios como un real ennoblecimiento de la “Ciudad de este Mundo”.  Es la hora de las personas de buena voluntad, las únicas que, de momento, abren los oídos y el corazón al compromiso por mejorar lo mejorable; sal de la tierra y luz del mundo, diseminadas por aquí y por allá con la “señal de Dios” en el alma, ese secreto reducto personal que solamente Dios conoce, pero que, a la vista de las obras de los unos y de los otros, nos invita a considerar a la Humanidad dividida en tres tipos de personas (no en “dos clases”, tal cual sigue dividiendo al mundo el periclitado Marxismo): las personas de buena voluntad, las de mala voluntad y las arrastradas y víctimas de la “corriente relativista”, las mismas que distraen a tantos y tantos políticos con lo superficialmente sugestivo, con lo inmediato de colorido alienante, con lo descomprometedor, con el producto de tres siglos de gratuita especulación filosófica, con sofismas o soflamas al estilo de “todos son iguales”, “el otro es malo, luego yo soy bueno”, “que lo arreglen los otros”….
    El Santo Padre piensa y obra como representante de Cristo en la Tierra, e, imbuído de realismo cristiano, vive empeñado en mejorar lo mejorable sintiéndose siempre necesitado de la fuerza del Espíritu y con la prudencia precisa para no desbarrar ante cualquier delicada o complicada situación: sin duda que está en este mundo sin ser de este mundo.
    Siguiendo a la prensa de estos días, vemos que,  ante el presidente Wulff,  el Papa realiza una cita significativa del gran obispo y reformador social Ketteler: "la religión necesita de la libertad así cómo la libertad tiene necesidad de la religión", y recuerda que la República Federal, surgida del trauma del nazismo y de la guerra, ha llegado a ser lo que es gracias a la fuerza de la libertad plasmada por la responsabilidad ante Dios y ante el prójimo.
    Dice el vaticanista Magíster que el discurso ante el Bundestag ha sido la tercera gran lección del pontificado, tras Ratisbona y París. Es verdad. Aquí el Papa teólogo nacido en Baviera ha mostrado toda la potencia de razón que posee la fe cristiana, ha roto todos los esquemas, ha descolocado a propios y extraños. Su gran tema ha sido el de los fundamentos éticos del Estado liberal democrático y lo ha desarrollado en un discurso chispeante, con guiños de humor a la bancada, pero con el aplomo, la densidad y la frescura de los grandes Padres de la Iglesia o de los grandes maestros medievales.
    En el templo de la democracia el obispo de Roma ha explicado que en la política "el éxito está subordinado al criterio de la justicia, a la voluntad de aplicar el derecho", porque sin esto, parafraseando a San Agustín, no hay diferencia entre el Estado y una cuadrilla de bandidos. Y no ha temido recordar lo que sucedió en ese mismo espacio durante el nazismo, cuando el Estado se convirtió en instrumento para la destrucción del derecho, para rendir homenaje a los combatientes de la resistencia que prestaron un gran servicio a la humanidad.
    Y el Papa lanza su primer gran desafío: "en las cuestiones fundamentales del derecho, en las cuales está en juego la dignidad del hombre y de la humanidad, el principio de la mayoría no basta: en el proceso de formación del derecho, una persona responsable debe buscar los criterios de su orientación". Entonces describe un momento crucial para la historia de occidente, cuando los teólogos cristianos rechazaron un derecho basado en la revelación divina y se pusieron de parte de la filosofía, reconociendo la razón y la naturaleza como fuente jurídica válida para todos.
   El Papa concluyó afirmando que la cultura en Europa nació del encuentro entre Jerusalén, Atenas y Roma, un encuentro que ha fijado los criterios del derecho, y defenderlos frente a un positivismo salvaje que nos hace ciegos y sordos a la vida en toda su riqueza, es nuestro deber en este momento histórico.
    La Europa de hoy no es ni puede ser la víctima de un nuevo Hitler, un  loco que, en inoportuna recreación del superhombre de Nietzsche,  se creyó a sí mismo por encima del bien y del mal, algo así como una especie de diosecillo imbécil, que sueña con ver a todo el mundo besándole los pies. Claro que la fuerza un tipo así descansaba en la multitud de los relativistas de entonces y en una cohorte de satélites de “mala voluntad” siempre dispuestos a venderse a la voluntad y caprichos del "amo", "caiga quien caiga".
    Ello es algo que quiso evidenciar y contra lo que nos previno el Santo Padre en su memorable visita al campo de concentración y exterminio de Auschwitz,  uno de los testimonios de hasta dónde puede llegar la degradación humana cuando reniega de la propia naturaleza hasta convertirse en verdadera bestia para los de su especie.

martes, 6 de septiembre de 2011

LA BELLEZA, CAMINO HACIA DIOS

El verdadero artista busca el más allá de lo que ven sus ojos  o perciben sus oídos: se deja arrastrar por el ansia de plenitud hasta el punto de que puede llegar a “maquillar” genialmente a la propia Naturaleza, en cuanto “no reduce los horizontes de la existencia a la mera materialidad”. Es lo que nos hace ver el Santo Padre Benedicto XVI, para quien el arte es “una puerta abierta hacia el infinito”.  Bien recordamos los españoles sus expresivas palabras al celebrar la Misa en la famosa Sagrada Familia de Antoni Gaudí en noviembre de 2010:  “Al contemplar la grandiosidad y la belleza de ese edificio, que invita a elevar la mirada y el alma hacia lo Alto, hacia Dios, recordaba las grandes construcciones religiosas, como las catedrales del Medioevo, que marcaron profundamente la historia y la fisionomía de las principales ciudades de Europa”.

Fue el beato Juan Pablo II quien, proclamó patrono de los artistas al beato fray Angélico, modelo de perfecta sintonía entre fe y arte. Este arte que, según nuestro actual Santo Padre, en sus diversas expresiones, es un “camino privilegiado” para encontrar a Dios al romper con los límites de la razón humana para perderse en lo ultrasensible e infinito: “Quizás os ha sucedido, nos dice,  que ante una escultura, un cuadro, o algunos versos de poesía o una pieza musical, sentís una íntima emoción, una sensación de alegría, percibís claramente que frente a vosotros no hay solamente materia, un trozo de mármol o de bronce, un lienzo pintado, un conjunto de letras o un cúmulo de sonidos, sino algo más grande”, un algo que “es capaz de tocar el corazón, de comunicar un mensaje, de elevar el ánimo”. Y ello porque una obra de arte “es fruto de la capacidad creativa del ser humano, que se interroga ante la realidad visible, que intenta descubrir el sentido profundo y comunicarlo a través del lenguaje de las formas, de los colores, de los sonidos”.  A través del Arte podemos percibir “la necesidad de ir más allá de lo que se ve por  sed y  búsqueda de lo que nunca muere: es como una puerta abierta hacia el infinito, hacia una belleza y una verdad que van más allá de lo cotidiano”. En especial, el arte sacro puede ser un “verdadero camino hacia Dios, la Belleza suprema”. “Hay obras de arte que nacen de la fe y que la expresan haciendo “vibrar las cuerdas de nuestro corazón”.  

Así lo siente y lo dice el Santo Padre para quien multitud de “cuadros o frescos, frutos de la fe del artista, con sus formas, con sus colores, con sus luces, nos empujan a dirigir el pensamiento hacia Dios y hacen crecer en nosotros el deseo de acudir a la fuente de toda belleza”.
Son vivencias suyas que nos quiere transmitir y por ello nos invita  a que la visita a lugares de arte “no sea sólo ocasión de enriquecimiento cultural, sino que se pueda convertir en un momento de gracia, de estímulo para reforzar nuestro vínculo y nuestro diálogo con el Señor, para detenerse a contemplar -en la transición de la simple realidad exterior a la realidad más profunda que expresa- el rayo de belleza que nos golpea, que casi nos 'hiere' y que nos invita a elevarnos hacia Dios”.