
Los sofisticados ingenios mecánicos en las funciones de ver
y analizar, seguidos de complicados y, no pocas veces, enrevesados cálculos
matemáticos, han ayudado a presentar la hipótesis de que el átomo es un
complejo mundo de materia y energía, a modo de minúsculo sistema planetario al
que también afectan las leyes de la gravitación universal.
Desde hace algunos años,
en los campos de investigación sobre la base física del todo material de
que se supone está compuesto el Universo, se habla de los quarks (mínimas porciones de “algo”)
como partículas constitutivas de los bariones y mesones, entendiendo por barión
al denominador común de los protones, neutrones e hiperones y por mesón un
elemento a medio camino entre la materia y la pura energía (lo que los
científicos llaman un bosón que facilita la interacción entre las diversas
partículas subatómicas).
En ciertos apuntes
teóricos sobre el tema se sugería la existencia de partículas sin masa, algo así
como “porciones de energía” con la “facultad” de inventar o prestar masa a las
más elementales entidades materiales. Al respecto y sí que preocupados por no
perdernos en un laberinto de sugestivas formulaciones, podemos recordar a la
llamada “teoría de las supercuerdas” que sugiere la existencia de hasta once
dimensiones que apuntalarían la viabilidad de todas las leyes físicas que rigen
la existencia y funcionalidad del Universo y, como muy sugerente, un
paralelismo absoluto entre las leyes físicas de lo “infinitamente” pequeño y lo
“infinitamente” grande (es decir el Universo o Totalidad Física de
imponderables dimensiones). Leyes que habrían de regir el movimiento y función de
“algo” pendiente de descubrir.
Fue en 1964 cuando Peter
Higgs, que hoy cuenta 83 años, expuso al mundo de la ciencia una idea que
prometía llevar al descubrimiento de ese algo como punto de partida de la
realidad material: las partículas elementales se mueven no en el vacío sino en
lo que los antiguos llamaban éter y que él presentó como un campo pleno de
“bosones” o elementos con la virtualidad de destruir y asignar masa a las otras
ya conocidas o adivinadas partículas subatómicas. Se llamó “Campo de Higgs” a
ese supuesto mar de inconmensurable actividad y “Bosón de Higgs” al supuesto subatómico proveedor de las porciones de masa necesarias para la
viabilidad funcional del mundo de las partículas elementales.
Para comprobar la
concordancia de la teoría con la realidad había que contar con elementos de
observación experimental desconocidos hasta la fecha; fue así como nació el Gran Colisionador de Hadrones (LHC del inglés Large Hadron
Collider) la máquina que, tras años de paciente y escrupulosa investigación, ha
facilitado lo que, desde el día cuatro de este mes de julio, el mundo
científico no duda en calificar como el “descubrimiento del siglo”: el Bosón
de Higgs existe más allá de cualquier duda razonable
y cumple la función que supuso su mentor.
Según ponderados
científicos, ello significa que conocemos el 4%
de la estructura del Universo, lo que quiere decir que la Ciencia se ve
impotente para explicar el cómo y el para qué del 96% restante, incluido el
misterio de la vida además del qué y el para qué del alma humana con el
consecuente don de la libertad. Claro
que tal parcial descubrimiento, a lo sumo, nos lleva al momento en el que,
según el Libro Sagrado, “dijo Dios haya luz y hubo luz” (Gen
1, 3)
Luego de admitir que el
redactor sagrado no era ni podía ser un científico del siglo XXI y sí una
persona de buena voluntad que, para creer, admitía sus limitaciones y escuchaba
la voz de Dios o de su conciencia para luego apuntalar su fe con una razonada
reflexión, los no materialistas vemos en el fenómeno descrito por ese redactor
del Libro al momento inicial de la necesaria conexión del espacio, el
movimiento y el tiempo para dar paso a la materialidad universal.
Desde la perspectiva de
la ciencia moderna ¿estuvo en la luz el germen o principio físico de todo lo
material que había de venir a posteriori? El propio Einstein no se atrevió a
pronunciarse categóricamente sobre ello: lo más lejos que llegó al respecto fue
aceptar a la luz como formada por
“granos” de energía-materia llamados fotones, especie de
quantos o partículas elementales sin masa apreciable... con un origen
absolutamente misterioso. Pero, el que en los fotones no se pueda apreciar o
medir la masa ¿es prueba de que realmente no exista, máxime cuando se admite el
carácter corpuscular de un haz de luz?
En el orden de los principios físicos es razonable admitir que la luz,
compuesta por fotones, en razón de un plan o proyecto, “urdido en la eternidad”
y con millones de siglos por delante, puede facilitar la formación de lo que
los físicos llaman protones, los mismos elementos que, en complejísimas
asociaciones, forman los átomos, los cuales, en nuevos planos de también muy
compleja asociación, formarán las moléculas, que seguirán la progresiva escala
de las realidades materiales siempre en el orden que evidencia esa fantástica
conexión entre espacio, movimiento y tiempo.
Pudo desarrollarse así
el proceso o de otra forma: por el momento, a la Ciencia le resulta imposible
tanto adentrarse en el misterio de la raíz esencial de las cosas (la misma que
dio o pudo dar paso a ese “Bosón de Higgs”) como presentar aceptables
explicaciones del papel que nosotros mismos desempeñamos en lo que, a todas
luces, hemos de calificar como un fantástico orden universal. Es el mismo
Einstein quien dejó dicho: “la
experiencia más hermosa que tenemos a nuestro alcance es el misterio... la
certeza de que existe algo que no podemos alcanzar” (Religión en Libertad, 17-07-12).
O que sí podemos alcanzar a través de nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero.
O que sí podemos alcanzar a través de nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, Dios verdadero de Dios verdadero.
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